liberacion emocional

UN CUENTO SOBRE LA LIBERACIÓN EMOCIONAL. LA NIÑA QUE NACIÓ EN UNA JAULA.

Este es un cuento para ayudar a todas esas personas que aún se encuentran atrapadas emocionalmente. Las causas pueden ser infinitas y el dolor que sufren las víctimas de las diferentes jaulas que nos aprisionan, solo puede entenderlo quien lo ha sufrido en carne propia. Si sientes que una parte de ti aún no se ha desatado, este cuento pretende hacerte reflexionar y avanzar hacia la verdadera liberación emocional que tanto necesitas.

La niña que nació en una jaula. Un cuento sobre la liberación emocional

 Había una vez una niña que nació en una jaula, pero no era una jaula cualquiera, era la mejor jaula del mundo. La jaula no es para aprisionarte, le explicaron, es para protegerte. Afuera hay todo un mundo hostil y te harán daño. La niña se sentía feliz, las demás niñas no tenían el privilegio de haber nacido en la mejor jaula del mundo. A veces las veía sonreír felices y una sombra le oscurecía la mirada. Se aferraba a los barrotes con sus pequeñas manitas imaginando cómo podría ser la vida más allá de su angosta jaula.

Sin embargo, entendía muy bien el peligro que acechaba afuera. Los demás niños son crueles -le explicaron- hay maldad en todas partes, nadie te amará realmente y se burlarán de ti. Entonces la niña entendió. Solo dentro de su jaula podría sentirse a salvo y segura, porque solo allí la aceptaban como era y la amaban. Y aprendió a agradecer por recibir tanto amor a pesar de no merecerlo.

No obstante, había tardes en que la niña se sentía inquieta, los niños jugaban cerca y ella podía escuchar sus gritos y risas. No le parecía que fueran tan malos, o quizás solo un poco… Sería tan bueno salir a jugar –pensaba- tomar el sol, reír a carcajadas, bañarse en las aguas cristalinas del rio. Al final, ¿qué de malo podría haber en esas cosas? Pero como si leyeran sus pensamientos, esa misma tarde aparecían más cerrojos en la puerta de su jaula. Y la mirada reprochadora le hacía sentirse culpable por tan solo atreverse a pensar en escapar.

Pero una cálida mañana de abril, la puerta amaneció sin cerrar, alguien había olvidado poner los cerrojos y a la niña le fue fácil abrirla. Tenía mucho miedo y el corazón le palpitaba en el pecho. Dudó por un momento, sabía que no estaba haciendo lo correcto, pero la curiosidad que le hormigueaba en el cuerpo fue más poderosa. Al abrir sigilosamente el portón que la separaba del mundo exterior, una brillante luz le hizo cerrar los ojos. El miedo volvió a apoderarse de ella, pero unos segundos después, cuando al fin pudo abrir los ojos, su corazón comenzó a gritarle con una voz atronadora que corriera muy lejos, a todo lo que pudieran darle sus pequeños piececitos.

Cuando por fin se detuvo se encontraba muy lejos. Había corrido mucho tiempo y nadie podría encontrarla nuevamente. Miró a su alrededor, la hierba era tan verde y el cielo tan azul que la niña respiró profundamente como para que el mundo entero le cupiera en el pecho. Todo le parecía sublime y maravilloso y se recostó sobre la hierba a mirar el cielo por primera vez en su vida.

Estuvo mucho tiempo así, hasta que su estómago le recordó que necesitaba comer. Muy cerca encontró un frondoso árbol de manzanas y la niña se acercó a tomar una. Pero una voz gutural la detuvo al instante. Dos niños de aspecto rudo se abalanzaron hacia ella para golpearla y tuvo que huir rápidamente y escapar. Anduvo errante mucho tiempo, su ropa estaba rota y su cabello sucio y revuelto, tenía hambre y frio, pero solo recibía burlas y baldes de agua fría para alejarla.

Entonces la niña recordó su jaula caliente y seca, y la comida que nunca faltó en ella. Y se sintió arrepentida de haber escapado de su encierro.

Entonces regresó, confundida y humillada pidió perdón y fue recibida de nuevo. Le recordaron que solo allí podría ser amada y aunque jamás olvidarían su falta de agradecimiento estaban dispuestos a perdonarla y aceptarla nuevamente a pesar de todo.

A partir de ese día decidió no mirar afuera, solo lograría entristecerse mas, pensaba. Pero al pasar de los años, la jaula se le hacía cada vez más estrecha y la idea de escapar de nuevo muy seductora.

No obstante, aunque la puerta ya no tenía cerrojos desde hacía mucho tiempo y de vez en cuando se atrevía a cruzar el umbral, una y otra vez terminaba regresando, arrepentida y confusa, a su prisión.

Cómo conseguir verdadera liberación emocional

Ese cuento, como tantos otros, puede tener diferentes finales. Muchos de nosotros nos hemos encontrado de una forma u otra en la posición de esa niña. Las jaulas que nos aprisionan y nos impiden dejar el pasado atrás son diversas. En dependencia de nuestro lugar de origen, raza, etnia, religión o influencias culturales o familiares, nuestra vida puede haber sido marcada con un patrón de control emocional. Este control nos impide ejercer libremente el derecho a elegir nuestro propio camino hacia la liberación emocional y el éxito personal.

Ya sea una religión de carácter coercitivo, como lo son algunas sectas peligrosas, costumbres perjudiciales arraigadas en ciertas comunidades o simplemente la familia o una persona con suficiente poder sobre nosotros como para coartar nuestra voluntad, el efecto resultante es el mismo.

El patrón suele ser igual, hacernos creer que fuera de este “circulo seguro” estaremos desprotegidos y correremos peligro, que solo dentro encontraremos amor, apoyo y aceptación y que por nuestra cuenta estaremos expuestos a fracasar una y otra vez. Que no somos importantes para otras personas, que carecemos de atractivo o somos incapaces, torpes o débiles. El resultado es que desde muy temprano aprendemos a desconfiar de nuestras aptitudes, a aceptar que somos ineptos y a que no merecemos tener éxito por nuestro esfuerzo y capacidades.

Las diferentes jaulas que nos aprisionan: detectando el origen de las emociones reprimidas

Para entender mejor la situación analizaremos el ejemplo de la vida real de dos personas a las que les cuesta conseguir la liberación emocional. 

La historia de María

Cuando María se casó a la edad de diecinueve años se sentía enamorada y feliz. Venía de una familia conservadora y estricta. Su padre era autoritario y en muchas ocasiones humillaba en público y en privado a su madre. Por otra parte, su progenitora no era de las más comunicativas, pero siempre le enseñó que el matrimonio es para toda la vida, que una mujer tiene que hacer todo lo posible por complacer a su marido y hacerlo feliz y que encontrar al hombre ideal era soñar despierta. Pero, sobre todo, le hizo entender la importancia de no dejarse engatusar por la palabrería de ningún hombre, porque al final todos querían lo mismo, le mentirían para aprovecharse de ella, usarla y abandonarla.

Así que cuando se casó estaba segura de hacerlo para toda la vida y de estar dispuesta a esforzarse al máximo para hacer feliz a su esposo. Sin embargo, muy pronto constató que su compañero era un hombre déspota y autoritario como su padre, que no la apreciaba ni la respetaba como mujer y que no se lo pensaba dos veces para golpearla brutalmente. La violencia doméstica formaba parte de su rutina familiar y María comenzó a desarrollar síntomas de trastornos psicológicos como la depresión y la ansiedad.

Con veinticinco años, dos hijos y una autoestima rota, María decidió darle un vuelco a su vida. Entendió que era una más de las tantas mujeres maltratadas por sus esposos y que necesitaba alejarse de él por su propia salud física y mental.

 Sin embargo, diez años después y tras innumerables peleas, ingresos hospitalarios para tratar daños físicos o psicológicos y mucho sufrimiento, aún se encuentra atrapada en esa rueda de la que quiere alejarse, pero una y otra vez descubre que no tiene fuerzas ni armas para abandonar.

La historia de Jaime

Jaime nació en una familia testigo de Jehová. Como todos los niños que son criados como parte de la secta no tuvo nunca una fiesta de cumpleaños, Navidad, Halloween o día de la madre o del padre. A Jaime le enseñaron a no relacionarse con personas fuera de la organización de los testigos de Jehová, pues su compañía podría resultar perjudicial en su empeño de mantenerse puro y alejado de la contaminación del mundo.

Tampoco era recomendable estudiar una carrera universitaria ni perseguir ningún sueño que lo desviara de la meta más importante que tenía delante: ‘servir a Jehová a tiempo completo’ sin distracción. Desde pequeño aprendió que solo siendo testigo de Jehová encontraría protección y amor y que si alguna vez decidía alejarse y escoger su propio camino sufriría amargas consecuencias y jamás podría ser feliz.

Cuando Jaime se hizo adulto se dio cuenta de que tenía metas y sueños que no armonizaban con la rigurosidad de su religión. Pero cuando decidió alejarse fue castigado severamente, fue expulsado y privado de todo tipo de contacto con cualquiera de sus familiares y amigos que permanecieran dentro de la secta. Pesaba sobre él además el presagio implícito en su deserción: jamás sería feliz fuera de la secta, sería traicionado una y otra vez pues no se puede confiar en nadie que esté bajo el dominio del diablo. Y sobre todas las cosas, cada uno de sus fracasos sería el resultado directo de haber “abandonado a Jehová y a su pueblo”.

Aunque a Jaime esto no le importó en el momento de tomar la determinación de alejarse, muy pronto se encontró ante una realidad aplastante: el mundo era una jungla demasiado peligrosa para él y lejos de conseguir el éxito que había soñado cosechaba un fracaso detrás del otro. Su “conciencia” no dejaba de martirizarlo y de recordarle que tal vez se merecía todo lo malo que le estaba sucediendo.

¿Por qué no puedo alejarme de mi jaula y conseguir la liberación emocional?

Para el espectador que mira desde afuera la situación de Jaime y María, tal vez le resulte inaudita la incapacidad que ambos demuestran para liberar las emociones bloqueadas, dejar el pasado atrás y ser feliz. Para quien no ha tenido que pasar por una experiencia traumática que de alguna manera ejerza el efecto de jaula en nuestro subconsciente e impida la liberación emocional es muy difícil entender.

No es suficiente alejarse físicamente de aquello que nos daña y nos coerce la libertad individual y el derecho a elegir la manera en que queremos ser felices. Aunque determinar que algo es perjudicial y dañino en nuestra vida es el primer paso para conseguir la liberación emocional, no basta para dejar el pasado atrás.

Todo lo que hacemos en nuestra vida, por pequeño que sea es el resultado de un acto de voluntad. Para poner un ejemplo sencillo, cada día en la mañana nos levantamos de la cama para desayunar y comenzar nuestro día. Esta simple acción requiere de algún tipo de esfuerzo. Entre personas sanas que gozan de perfecta salud física esta operación puede ser más o menos fácil de ejecutar. Mientras que para algunos es tan sencillo como abrir los ojos y ponerse de pie, para otros interrumpir el sueño de la mañana puede ser un poco más molesto.

De cualquier manera, es algo que hacemos prácticamente sin esfuerzo como parte de nuestra rutina diaria.  Sin embargo, para una persona que padece depresión severa, levantarse cada día en las mañanas puede ser un reto. Aunque físicamente tenga la capacidad plena para hacerlo y sepa que es algo ineludible, no se siente con las fuerzas suficientes para lograrlo.

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De la misma forma, no basta con determinar la causa de nuestro sufrimiento. No basta con saber que la única solución es alejarnos de la fuente de nuestros problemas. Ni siquiera basta con distanciarnos físicamente, si de alguna manera seguimos atrapados psicológicamente en esa situación.

Para una mujer que recibió siempre el mensaje camuflado de que es inferior por ser mujer, que no es suficientemente hermosa o inteligente como para que alguien la ame, que todos los hombres intentarán usarla y aprovecharse de ella y que ser violentada o maltratada es algo con lo que debe lidiar como parte de la vida, escapar de “la jaula” puede ser especialmente difícil.

Saber que tiene que hacerlo es el primer paso para conseguir la liberación emocional que tanto necesita. Pero más allá de eso, mas allá incluso de tomar acción y alejarnos, tenemos que fortalecer nuestra voluntad. Cambiar drásticamente nuestra actitud ante la vida. Porque es precisamente nuestra actitud la que determinará si somos sólo, víctimas indefensas atrapadas en una espiral de angustia emocional o, por otro lado, guerreros incansables que harán todo lo que sea necesario para superar el dolor.

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Tu puedes crear el final de tu historia. La niña de nuestro cuento, aquella que nació en una jaula, vivió muchos años atrapada en su propio miedo e inseguridad. Aun cuando físicamente nada la retenía, no era capaz de conseguir la completa liberación emocional. Un día, sin embargo, una sabia anciana que caminaba por allí, al verla tan triste y desolada se acercó a su reja y le dijo al oído las palabras mágicas que la liberaron.

La niña aprendió poco a poco que el dolor es parte de la vida, pero lidiar con él te fortalece, aprendió que las personas que te hieren solo están sangrando sus propias heridas y no hay que tomárselo personal. Que todos los días no son azules, pero todos te enseñan una lección. Aprendió a reír, a llorar, a perdonar, a soñar siempre y a luchar por alcanzar los sueños.

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Aprendió a no permitirle a nadie más ejercer el control sobre su vida, porque solo ella tenía el derecho de hacerlo. Aprendió que, ayudando a otros a liberarse de sus jaulas se sentía tan libre que podía tocar el cielo. Y muchos años después, cuando alguien le preguntó por aquellas palabras mágicas que la liberaron de su prisión, ella repitió, con una lágrima de emoción asomándole a los ojos, aquellas dos maravillosas palabras pronunciadas por la anciana y que nunca nadie le había dicho antes: “Tú puedes”.

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