porque me afecta tanto la opinión de los demás

EL FOSO DE LAS RANAS. UNA REFLEXIÓN PARA ENTENDER CÓMO NOS AFECTAN LAS OPINIONES NEGATIVAS

Es posible que, la razón principal, por la que la mayoría de esos sueños que guardas en el cajón de tus anhelos nunca hayan visto la luz, sea el miedo a lo que podrían pensar de ti. Si eres de los que, antes de lanzarse a cualquier nuevo proyecto o perseguir una ilusión, escuchas la opinión de todos y dejas que esto te marque el rumbo, no te desanimes, no eres el único. Pero, ¿por qué nos afectan tanto las opiniones negativas?

La mayoría de nosotros no escapamos a ese influjo que nos paraliza y nos inhibe, porque de una forma u otra, siempre nos inquieta lo que pueden pensar o decir los demás. Pero cuando hacemos un balance de lo que no hemos hecho y todas las posibilidades que dejamos ir por el temor a ser el centro de comentarios desfavorables, es posible que lamentemos haber supeditado nuestra vida a los prejuicios ajenos.

¿Por qué me afectan tanto las opiniones negativas?

El foso de las ranas es una fábula que circula por la red e ilustra muy bien, el efecto que puede tener en nosotros escuchar las opiniones negativas o desalentadoras de los demás. Aunque también nos enseña una lección importante. Recordar su enseñanza me ha ayudado en muchas ocasiones a enfocarme y no permitir que las opiniones ajenas (sean bienintencionadas o no) definan el rumbo de mi vida.

El foso de las ranas

Había una vez un grupo de ranas a las que les gustaba ir cada mañana a jugar al bosque. Cantaban alegremente saltando de piedra en piedra hasta que caía la noche. Eran amigas inseparables y pasaban todo el día riendo alegremente mientras se divertían de lo lindo.

Una mañana decidieron ir a conocer un bosque nuevo. Como iban tan entretenidas cantando y muertas de risa, no se dieron cuenta de que estaban muy cerca de un profundo foso hasta que, tres de ellas cayeron dentro. Las demás ranas se conmocionaron. Al mirar al fondo del pozo se dieron cuenta de que era imposible que sus compañeras lograran salir de ahí.

Las tres ranitas desesperadas comenzaron a luchar con todas sus fuerzas para intentar subir. Pero arriba, las otras, tristes y desconsoladas comentaban lo inútil de sus acciones. Veían cómo, apenas podían subir un poco y luego volvían a caer. Será mejor que se den por vencidas −dijo una− jamás lo van a conseguir.

−Las hemos perdido definitivamente −dijo otra.

Mientras las ranitas del foso escuchaban a sus compañeras hablar sobre lo inútil de sus acciones y cómo sería más fácil rendirse para dejar de sufrir, poco a poco fueron sintiéndose más débiles. Sólo una seguía intentándolo con ahínco.

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Con el paso de las horas las dos ranitas, desalentadas y sin fuerzas, se resignaron a su suerte y murieron. Pero la tercera, siguió luchando a pesar de lo que las otras decían. Cada vez con más fuerza, hasta que, finalmente logró salir del foso. Las demás ranas estaban muy sorprendidas. Una de ellas le preguntó: ¿Cómo lograste salir de ese foso tan profundo? Pero la rana no contestó. Era sorda.

La lección más importante.

La lección más importante que nos enseña esta fábula es que, la gran diferencia entre rendirse o seguir luchando encarnizadamente hasta alcanzar el éxito, está en la habilidad que tengamos para desoír las opiniones negativas y voces desalentadoras. En permitir o no que nos condicione y nos afecten las opiniones negativas.

las opiniones negativas

Estoy segura de que, las pobres ranitas que terminaron muriendo desfallecidas, tenían tantos deseos de vivir como la que finalmente lo consiguió. Pero lo que determinó el éxito o el fracaso fue lo que escucharon.

Cada uno de los sueños que nos propongamos perseguir, va a suscitar una oleada de comentarios y las opiniones negativas no se harán esperar. Aprender a discernir cuáles nos pueden ser de ayuda para sopesar pros y contras y perfeccionar estrategias, es un ejercicio que todos debemos practicar.

Démosle el justo lugar a las opiniones ajenas

Una de las razones por lo que más nos afectan las opiniones negativas, es por el hecho de que, en la mayoría de los casos, provienen de personas muy cercanas. Estas personas, ya sean miembros de nuestra propia familia, amigos o compañeros de trabajo, con frecuencia están muy interesados en nuestro bienestar y sus consejos son bienintencionados.

Puede ser que estén preocupados por nuestra seguridad y estabilidad económica o emocional. Así que, según sus propios parámetros y puntos de vista, nos van a transmitir sus temores y prejuicios y harán un dictamen inflexible sobre lo que se espera de nosotros.

Exponer nuestros criterios es un derecho del que normalmente hacemos uso y abuso. A todos nos gusta decir lo que pensamos de todo lo que sucede alrededor. Pero a veces olvidamos que, las palabras y opiniones negativas, aunque dichas irreflexivamente y sin mayores pretensiones, pueden tener un efecto profundo en quienes nos escuchan.

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La mayoría de las veces, las opiniones que nos forjamos, son solo fruto de nuestra poca comprensión sobre algún asunto en particular y los propios miedos e insatisfacciones. Es común que, a lo largo de la vida, cambiemos nuestra percepción sobre determinada situación varias veces. Por lo que, ni siquiera nuestra propia opinión actual nos sería válida en otro momento de la vida.

Sabiendo esto, cabe entonces preguntarnos ¿cuánta lógica tendría, basar el resultado de mi existencia en el criterio de quienes me rodean? ¿Por qué debería permitir que me afecten tanto las opiniones negativas de los demás?

Cuando somos la nota discordante

Todos los recuerdos que tengo de mi vida, están mezclados con esa sensación de estar siendo juzgada. Cuando analizo detenidamente mi entorno y las personas que me rodeaban, me doy cuenta de que era totalmente comprensible que me vieran como un bicho raro.

Nací en una familia extremadamente pobre, mis padres apenas terminaron la primaria y pertenecían a una secta que promueve el aislamiento social, desaconseja la educación superior y la búsqueda de cosas materiales. Ese funesto comienzo marcó de manera significativa gran parte de mi vida.

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La comunidad de los Testigos de Jehová en donde me desarrollé, está compuesta por personas que, en su gran mayoría, consideran que todos los sueños y proyectos relacionados con “este mundo” denotan “falta de espiritualidad”. Pero ni siquiera las personas de mi familia que no pertenecían a la secta entendían de sueños.

Son gente sencilla, los hombres saben de trabajar y cobrar por su labor y las mujeres de ser esposas y madres, cuidar bien la casa y cocinar. Todo lo que se salga de eso les resulta incomprensible y totalmente descabellado.

Así que ahí estaba yo, navegando entre dos mundos absolutamente incompatibles. Uno era mi mundo interior, en el que diez vidas no me alcanzarían para lograr hacer realidad todo lo que mi cabeza soñaba.

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De niña me imaginaba como una cantante famosa, actriz, modelo, escritora, arqueóloga, astronauta, psicóloga y muchas profesiones más que ya olvidé. Pero fuera de mi cabeza, la realidad era otra completamente diferente.

Jamás pude atreverme a comentar lo que tanto deseaba. Se esperaba que yo fuera una niña modelo, obediente a mis padres y “fiel a Jehová”. El hecho de que mi padre tuviera una enfermedad psiquiátrica, camuflada en la austeridad y rareza de esa secta y que lo hacía actuar de manera extremadamente violenta y abusiva, complicaba las cosas.

Impulsado por su forma severa y rígida de interpretar la religión y apoyado por las creencias de esa comunidad, nos sacó a mi hermana y a mí de la escuela, justo al terminar la primaria. El control emocional que ejerce esa secta es muy poderoso y en mí dio total resultado.

Así que seguí fielmente el rol que ya habían decidido para mí, intentando interpretarlo lo mejor posible. Cuando en mi cabeza volvían a revolotear los viejos sueños me sentía culpable y comenzaba una lucha interna.

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Me costó muchos años liberarme del control emocional en el que me encontraba cautiva. Pero aun después de sentirme libre, las opiniones negativas de los demás seguían ejerciendo poder sobre mis decisiones. Cada proyecto y sueño en el que me enfocaba me ponía en la mira de todos. Mi temor a desencajar, a ser la rara o “la que persigue locuras y fantasías”, me hacía replantearme todo una y otra vez.

Al final terminaba rendida, desistiendo. Y muy dentro de mí les daba la razón. Soy una soñadora estúpida, pensaba, jamás voy a conseguir nada. Entonces me proponía enfocarme en lo que “se esperaba de mi”. Pero la sensación de tener que arrastrarme, mientras sentía que mis alas se desesperaban por desplegarse y levantar el vuelo, era abrumadora.

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A palabras necias, oídos sordos.

Aprender a ser “la ranita sorda” no es un proceso fácil. Somos humanos, algunos más fuertes que otros, pero a todos nos afectan las opiniones negativas. Sin embargo, si tenemos algún sueño que alcanzar, metas personales a cumplir o cualquier proyecto que no sea de aprobación popular, preguntémonos cuán dispuestos estamos a luchar por ello.

Tal vez, nos demos cuenta que, el único camino es aprender a cerrar los oídos a todos aquellas opiniones negativas y comentarios desalentadores e irreflexivos. Oírlo todo y escuchar sólo lo que nos alienta a seguir adelante a pesar de todo.

A veces, la solución pasa por tomar prudencial distancia de quienes, aun sin mala intención, nos intentan desalentar constantemente. Así sus voces se harán imperceptibles en la distancia o quedarán ahogadas con nuestra propia voz que poco a poco se irá escuchando más alto.

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Así que, si te has preguntado en repetidas ocasiones, por qué te afecta tanto las opiniones negativas de los demás, la respuesta está ahí. Simplemente, porque las has escuchado.

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