Historias Inspiradoras de la vida real

Historias inspiradoras que motivan

Hay personas que van por la vida llevando pesadas cadenas, y a veces, ni siquiera lo notamos. Son gente común, como tú y como yo, gente que ha sabido hacer una coraza del dolor y que, cada vez que se ha caído, se ha levantado. Pero lo más impresionante, es que a veces, son esas mismas personas, cuyas vidas están llenas de dolor, las que pueden levantarte con una frase de apoyo. Esas que se quedan a tu lado para ayudarte a sobrellevar tu carga, a pesar de que nadie les ayuda con la suya. Esas que tienen luz propia, porque nada hace brillar más a un ser, que el haber aprendido a vivir y haberse crecido a pesar de los escollos del camino. Son a esas personas, a las que vale la pena escuchar.

LA HISTORIA DE ANGIE

Hola. Mi nombre es Angie y tengo 58 años. 

Mi vida, como tantas y tantas otras, no ha sido un camino de rosas.

Todo mi mundo cambió cuando, con 28 años, me diagnosticaron artritis reumatoide. Una enfermedad degenerativa muy erosiva que llegó para transformar mi vida, mi físico y todo mi mundo. Se aferró a mi como si yo tuviera algo especial para ella y su único objetivo fuera dominarme y someterme hasta el fin de mis días.

El médico fue sincero desde el minuto cero, era de las más agresivas que había visto en su extensa carrera como reumatólogo. Y resultaba más atípica al ser yo una persona tan joven, deportista y sana.

A los pocos días del diagnóstico aparecieron las primeras deformidades: pies, manos, rodillas…increíblemente inflamados. Me sentía inhabilitada físicamente y con unos dolores intensos, que me obligaban a suplicar cada día mi propia muerte. historias inspiradoras historias inspiradoras 

Mis padres fueron mis enfermeros, guardianes de mi seguridad y psicólogos. Se desesperaban al ver en lo que se convertía cada día su hija, sin poder hacer nada por ayudarme. Se concentraron en amarme más que nunca y sobre todo velar que no hiciera ninguna tontería. historias inspiradoras historias inspiradoras 

Poco a poco me convertí en un ser amorfo, sin movilidad. Mis padres debían ser mis manos para comer, mis pies para ir al lavabo en brazos, haciendo maravillas para no rozarme un solo hueso y satisfacer todas mis necesidades básicas. Mi cama se convirtió en el peor instrumento de tortura, pues las sábanas, con su agradable roce, resultaban ser cuchillos para mí.  historias inspiradoras 

Pasé casi un año en estas condiciones. Debía ver a mi médico cada semana y soportar casi tres horas de trayecto para eso. Su mirada sorprendida y estupefacta me quitaba las pocas esperanzas que podía tener. Pero fui una buena paciente, ¿qué otra cosa podía hacer? Mi esencia como persona y mi existencia habían dejado de tener sentido para mí y me sometía a todo tratamiento que me indicaran como un autómata. historias inspiradoras 

Dejé mi trabajo, que me apasionaba, dejé de hablar, de leer, de comer…hasta que un día, casi lo consigo. Partir, para siempre. Sentía que mi cuerpo ya no era un cuerpo y mi mente era un parásito que estaba hipotecando la vida de mis seres más queridos. historias inspiradoras 

Casi lo logro si mi madre, de forma intuitiva, no hubiera entrado a mi habitación sospechando que había atentado contra mi vida. Había ingerido las ciento ocho píldoras del frasco de medicinas. historias inspiradoras historias inspiradoras 

Pero no era mi hora, me salvaron. Pero ¿salvar de qué? ¿de mi estupidez? ¿de mis deseos inexistentes de vivir? Los odié a todos. ¡Tenía derecho a decidir sobre mi vida y me lo negaron, por eso los odié! Y no fue esa la única vez, hubo otras tentativas, ¡fallidas obviamente! historias inspiradoras 

Después de un año devastador, varios tratamientos médicos sin resultados positivos ni mejora alguna, atormentada y enloqueciendo de dolor, volví a intentarlo. De nuevo fue mi madre quién lo evitó. Esta vez tuve que ser ingresada en un psiquiátrico, me tenían todo el día sedada, por lo que tengo muy pocos recuerdos de esa estancia. historias inspiradoras historias inspiradoras 

Luego de unas cuantas semanas, volví a casa. Jamás olvidaré la cara de mis padres, llorando, sabiéndose impotentes ante esta repetitiva situación. Leía en sus ojos, nítidamente, su frustración, preguntándose en silencio ¿qué hemos hecho mal? ¿qué no hemos hecho? ¿por qué a nuestra hija? Papás, ¡que Dios os bendiga!!historias inspiradoras historias inspiradoras 

Cuando comprendí todo el dolor que les había causado, me sentí el ser más miserable del mundo, ¡por hacerles sufrir tanto!!! Mis padres eran muy jóvenes, guapísimos, alegres, amaban la vida… y yo, involuntariamente, se la estaba robando. Había pretendido conseguir el efecto contrario: ¡que dejaran de sufrir, dejarles descansar, descargarles esa mochila que era yo! Tardé muchos años en perdonarme. Pero cuando comprendí y acepté la enfermedad, me perdoné y les supliqué perdón a ellos. Historias inspiradoras

Ahí comenzó mi regeneración, sobre todo emocional, no tanto física. historias inspiradoras Historias inspiradoras

Hablé, por primera vez y sinceramente con mi médico, le dije que me ponía a sus órdenes y pondría todo mi interés en colaborar, pero no ya cómo un autómata, sino como una persona consciente de su problema y dispuesta a luchar. historias inspiradoras 

Cuando pude ver a niños, bebés que estaban pasando el mismo calvario, cruelmente, injustamente, su llanto me desgarraba el alma y el corazón. Fue cuando comprendí que la enfermedad no iba a tener lo que ella quería: ¡someterme!! No, jamás, por esos niños inocentes que estaban viviendo lo que no les correspondía, que estaban sufriendo mucho más que yo. 

Mi mente, mi yo interior cambió. Poco a poco, se removió ¡afortunadamente, para todos!!! No fue sencillo, pero, ¿quién dijo qué iba a serlo? No fue instantáneo, fue un proceso progresivo, lento, doloroso y en muchas ocasiones desalentador. Continuaban los irrefrenables deseos de volver a intentar lo que no conseguí en aquellas dos ocasiones y hubo una tercera vez. Ya saben, que no hay dos sin tres.

Pero de nuevo el apoyo incondicional de mis amorosos padres, su paciencia, su constante vigilancia y mi verdadero interés en la lucha me devolvieron (aunque no demasiado) los deseos por vivir, por mí y por esos seres de luz que son mis seres queridos.

Deseaba con todas mis fuerzas caminar, mover mis manos, asearme por mi misma… pero no siempre los deseos se cumplen. Me enfadaba mucho cuando día tras día contemplaba asqueada las inflamaciones que me impedían realizar lo más básico. Prohibía a mis padres que me ayudaran, hasta que claudicaba, a no ser que quisiera ir al lavabo arrastrándome como un reptil, comer directamente del plato o abandonarme en el aseo personal. Dios mío, cuanta imbecilidad por mi parte. Sí, imbecilidad, ahora lo sé. Hasta que me dije: déjate ayudar Angie, ¿no ves que sola no puedes? ¡Asúmelo YA! 

Me apuntaba a cualquier ensayo o nuevo medicamento, pero los tratamientos no funcionaban. Uno, casi me lleva a la muerte, paradójico ¿verdad? Tantos intentos por mi parte y cuando no pensaba en el suicidio, un tratamiento casi lo consigue. Nuevamente mi madre, que estaba acompañándome en esa sesión, se percató de que algo no iba bien. Perdí la consciencia, tuve un prurito (una alergia) y tuvieron que hospitalizarme.

Hubo tantos tratamientos, sin éxito, sin avances, sin evolución favorable. Pero, increíblemente y para mi sorpresa, ¡mis ánimos sí mejoraban! Y pasados unos 6 años mi vida cambió por completo, ¡me enamoré! Estaba convencida que el amor era algo ajeno y lejano a mí. ¿Quién iba a enamorarse de una persona con una enfermedad degenerativa, crónica, con deformidades y que, según palabras de mi médico, jamás podría tener hijos?

Esa persona maravillosa cambió mis paradigmas y trastocó todo mi mundo. Tuve la suerte de enamorarme del mejor hombre que he conocido. Mi marido siempre ha estado junto a mí, conmigo, delante, detrás, al lado, ¡SIEMPRE! Y le doy Gracias a Dios diariamente, por lo afortunada que soy. Llevamos veintitrés años juntos y tenemos un maravilloso hijo que es mi ser de luz, mi cascabel, cómo yo le llamo. 

Al poco tiempo de casados llegó nuestro bebé. Afortunadamente, la enfermedad me dio una tregua durante el embarazo, pero una vez hube dado a luz se volvió de nuevo agresiva. No podía alimentar a mi bebé, pues con el parto me descalcifiqué tanto que los brotes eran diarios. Mis manos parecían guantes de boxeo por las inflamaciones, apenas podía moverme ni mantenerme en pie. Tenía que esperar la llegada de mi marido para bañarlo y atenderlo. Entonces me lo ponía en los brazos y era en ese maravilloso momento que podía abrazarlo, besarlo y acariciarlo. 

Siempre me quedará la impotencia de no haber sido una madre normal, de las llevan a su niño al parque, a jugar o a pasear. Tuvo que entrar antes de tiempo a una guardería, para que pudieran cuidarlo adecuadamente. Siempre les agradeceré a las trabajadoras su comprensión para conmigo y nuestra situación, porque gracias a ellas tenía tiempo de recuperarme y descansar.

El día que vi a mi pequeño caminar por primera vez, fue uno de los días más felices de mi vida. Este hecho me ayudó tanto emocionalmente que estuve unos días sin brotes. Poco a poco fui aprendiendo que, además de las limitaciones físicas, tenemos otras limitaciones que solo están en nuestra mente. Una emoción positiva, una alegría o un cambio en tus pensamientos (y doy fe de ello), puede cambiar nuestra vida y nuestra realidad.

Con el tiempo aprendí a elegir qué pensamientos dejaba entrar a mi mente, a afirmarlos, a decretarlos y a descartar los negativos y los tóxicos. Entonces toda mi vida, mi salud y mi familia cambió. Se trata de crear tu propia realidad. La ley de la atracción, la de la acción-reacción, la de la gestación ¡todas son leyes universales! Y aceptarlo nos cambia la vida, la mente y la perspectiva.

Esto lo he comprobado en mis propias carnes, en mi salud, en mi enfermedad, en mi estado emocional, en mi situación familiar, en problemas que creía que jamás tendrían solución y siempre ha aparecido, de una forma u otra, una alternativa, una salida. Por eso ¡CREO Y TENGO FE!

No ha sido fácil el camino, pero he conseguido no rendirme. Aprendí a ser fuerte a pesar de sentirme débil y a no considerarme una víctima jamás. Ahora tengo una maravillosa familia, salud a pesar de mi enfermedad y amor a rebosar… ¿qué más puedo pedir? 

 


Si crees que tu historia de vida podría motivar a otras personas a no rendirse, a luchar a pesar del dolor o el sufrimiento y a crecerse como mejores seres humanos, escríbeme y cuéntame tus memorias. Puedes cambiar tu nombre si lo deseas, lo importante es que otros se beneficien e inspiren con tus anécdotas.

Escríbeme a [email protected] y cuéntame tu historia

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