salir de la zona de confort

EMPUJA LA VAQUITA. UNA REFLEXIÓN SOBRE CÓMO SALIR DE LA ZONA DE CONFORT Y ENCAMINARNOS AL ÉXITO

En varias ocasiones he leído a familiares, amigos y para mí misma, la conocida fábula Empuja la vaquita. No sé quién ni cuando la escribió, la he visto en diversos libros de autoayuda y superación personal, pero indudablemente la sencillez de su mensaje siempre logra impresionarme.

Sobre todo, porque muchas veces en nuestra vida volvemos al viejo, dañino y heredado hábito, de hacer girar nuestra vida alrededor de “una vaquita”. Una situación, bien material o persona que se ha convertido en nuestra zona de confort y creemos indispensable para nuestra supervivencia física o emocional.

Que haya empujado la vaquita hacia el precipicio en muchas ocasiones, logrando salir de la zona de confort, no garantiza que, de nuevo, en algún momento futuro, no me sorprenda alimentando y cuidando a otra vaquita, mientras tiemblo al imaginar qué sería de mi vida si me faltara.

Es por eso que tengo esta fábula siempre al alcance de la mano, como antídoto al oscurantismo que de vez en cuando nubla nuestro sentido común. Y he querido compartirla con ustedes, por si acaso en su patio trasero aun guardan una vaquita…

Empuja la vaquita

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Andaba un sabio maestro acompañado de su leal discípulo mientras hacían un largo recorrido a través de zonas inhóspitas. A lo lejos pudieron ver una casa muy pobre y el sabio quiso visitarla. Aprovechó el trayecto para comentarle a su discípulo acerca de la importancia de conocer nuevos lugares y personas y de las oportunidades que estas experiencias nos brindan para ayudar a quien lo necesite.

La morada era muy humilde. Sus paredes, de madera vieja y carcomida por la lluvia y el comején, permitían que el frio y la humedad se colaran dentro de la casa, haciendo insufrible la estancia. Sus habitantes, un hombre, su esposa y sus tres hijos, vestían harapos y andaban descalzos. Tampoco parecía que tuvieran mucho para comer.

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Entonces el maestro se aproximó al padre de familia y le preguntó:

−En este lugar no existen fábricas ni puntos de comercio y tampoco veo sembradíos ni huertas, ¿cómo se las arreglan usted y su familia para sobrevivir?

Pero el hombre le respondió apaciblemente:

−Sabio maestro, nosotros tenemos una vaquita a la que cada día ordeñamos. Esta vaquita nos da muchos litros de leche. Con parte de ella elaboramos queso y otros productos para nuestro consumo, mientras que la que nos sobra la llevamos a la ciudad vecina, en donde la vendemos o la intercambiamos por otros alimentos. Aunque no es mucho, nos da para sobrevivir.

El sabio se quedó meditando en silencio por unos segundos. Aquellas personas le parecían muy amables, habían compartido lo poco que tenían con ellos y les habían hecho sentir como en su hogar. Sin duda alguna se merecían disfrutar de un poco de prosperidad. Un rato más tarde agradeció a la familia su hospitalidad, se despidió y partieron.

Cuando hubieron caminado un rato y ya no estaban a la vista de la familia, el sabio se dirigió entonces a su pupilo y le ordenó:

—¡Busca la vaquita hasta que la encuentres, luego llévala al despeñadero y empújala!

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El muchacho se quedó espantado ante esta orden. No podía entender cómo su maestro era capaz de pedirle que acabara con el único sustento de aquella familia pobre y desamparada. Quiso replicar, pero la mirada firme e intransigente de su mentor le hizo obedecer en silencio.

Así que, sin entender las razones tras aquel cruel mandato, buscó a la vaquita, la llevó hasta un precipicio cercano y la empujó desde allí. Fue una escena desgarradora, que se quedaría grabada en su memoria.

Algunos años después y atormentado aun por la escena de aquella familia pobre, el discípulo decidió abandonar a su maestro y volver a visitar a aquellas personas. Pensaba contarles la verdad y pedirles perdón. Incluso había ahorrado algo y quería dejárselo como una pequeña ayuda.

Entonces comenzó el largo viaje hasta aquellos parajes inhóspitos. Pero a medida que iba acercándose se daba cuenta de que aquella vieja y destartalada casa no existía. El corazón se le apretó en el pecho. Se imaginó a esas personas vagando sin rumbo en busca de un mejor lugar donde poder sobrevivir. A cada paso se sentía más culpable.

El lugar sin embargo ahora estaba muy diferente. Un poco más a la derecha se levantaba una hermosa y confortable casa, rodeada de árboles frutales y flores. Había hermosos caballos por doquier y muchas vacas y ovejas. Decidió acercarse a la casa y averiguar algo sobre aquella familia pobre. Tal vez alguien podría indicarle el paradero de aquellas buenas personas.

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Al llegar un joven le dio la bienvenida amablemente y lo invitó a pasar. Él, sin embargo, apremiado por la pena no tardó en preguntar por aquella desafortunada familia que había conocido unos años atrás. Pero el joven, con una gran sonrisa le explicó que aquella familia no había ido a ningún sitio. Continuaban viviendo ahí, solo que ahora lo hacían en una casa hermosa y confortable y tenían en su propiedad muchos bienes valiosos.

Con mucho asombro comprobó que las palabras del joven eran ciertas. De hecho, este joven era uno de los tres hijos de la familia que había conocido años atrás. Seguían siendo amables y hospitalarios como entonces, pero ahora disfrutaban de comodidad y riquezas. Ante su mirada estupefacta, el padre de familia emocionado le explicó lo que había sucedido:

−Nosotros teníamos una vaquita que nos daba leche suficiente para sobrevivir apenas, pero un día, la vaquita cayó por un despeñadero y murió. Al principio fue muy difícil, porque era nuestra única entrada económica. Pero como nos quedamos sin nada tuvimos que buscar otras formas de subsistencia.

Me di cuenta que en los alrededores había muchos caballos salvajes y recordé que en mi juventud me gustaba domarlos. Cuando comencé a venderlos y a tener más ingresos construimos una caballeriza y aumentamos los clientes.

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En poco tiempo era muy conocido en los alrededores y mis hijos también resultaron ser excelentes domadores de caballos. Así que construimos una nueva casa y ahora tenemos todo lo que necesitamos para tener una vida próspera y feliz.

¿Por qué es tan dañina la llamada “zona de confort” y cómo podemos salir de ella?

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Lo que a veces consideramos nuestra única alternativa, se convierte en un estado en el que aceptamos con total conformismo los exiguos beneficios que derivamos de ello. Esta situación, llamada zona de confort, puede darse en cualquier circunstancia. A veces solo es una relación mezquina y tóxica que, aunque sabemos que no nos conducirá a ningún sitio ni nos aporta satisfacción, alegría ni felicidad, aceptamos sin cuestionar.

Puede ser una situación laboral, en donde no nos sentimos valorados, ni dando todo lo que seríamos capaces de aportar, pero que tememos perder por miedo a la inestabilidad económica. Cualquiera que sea la situación que, a pesar de no aportarnos beneficios materiales o emocionales, nos mantenga atrapados psicológicamente, entra a formar parte de esta “zona de confort” tan peligrosa.

Aprender a identificar y esforzarnos por salir de la zona de confort es primordial para alcanzar éxito, ya sea profesionalmente o en nuestra vida personal. Jamás deberíamos aceptar como inmutable ninguna situación mediocre que nos mantenga atrapados. Sea cual sea la vaquita que nos esté ayudando a sobrevivir a duras penas, es hora de arrojarla al precipicio más cercano.

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Al principio tal vez nos demos cuenta que no sabemos sobrevivir sin la leche de nuestra vaquita. Sin embargo, la necesidad nos obligará a buscar alternativas y a explorar nuevas capacidades. Y es increíble las habilidades que podemos llegar a descubrir en nosotros mismos o aprender a desarrollar cuando somos puestos a prueba.

A veces, una acción tan drástica como ésta, es lo único que nos sacude con fuerza para darnos cuenta de lo que en realidad seríamos capaces de lograr si lo llegamos a intentar.

Así que, si estamos atrapados y sentimos que no podemos salir de la zona de confort en la que apenas estamos sobreviviendo, es hora de tomar una decisión drástica. Empujar la vaquita, quemar las naves, saltar al vacío, cualquier cosa que te haga reaccionar y comenzar a luchar por algo más que la mera supervivencia. El esfuerzo valdrá la pena.

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